Textos sobre el entusiasmo

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Textos sobre el entusiasmo

Mensaje por CARDENAL el Vie Abr 11, 2008 9:04 pm

Esta palabra griega significa «emoción de las entrañas», «agitación interior». ¿Los griegos inventaron dicha palabra para expresar las sacudidas de los nervios, la dilatación y el encogimiento de los intestinos, las contracciones violentas del corazón, la ascensión precipitada de las llamaradas que desde las entrañas suben al cerebro cuando nos afectamos violentamente? ¿O bien dieron al principio el nombre de entusiasmo, de perturbación de las entrañas, a las contorsiones de la pitonisa que sobre el trípode de Delfos recibía el espíritu de Apolo por una parte que parece formada para no recibir mas que cuerpos?

¡Qué matices tan distintos tienen nuestras afecciones! Aprobación, sensibilidad, emoción, perturbación, sobresalto, pasión, arrebato, clemencia, furor, rabia: por todos estos estados puede pasar el alma humana.

El espíritu de partido predispone al entusiasmo; no existe ningún partido que no tenga sus energúmenos. El hombre apasionado que habla hasta con los ademanes, tiene en los ojos, en la voz, en los gestos, un veneno sutil que lanza como una flecha entre sus partidarios. Por esta razón, la reina Elisabeth, para conservar la paz del reino, prohibió que se predicara durante seis meses en Inglaterra sin permiso firmado por su mano.

San Ignacio, teniendo acalorada la imaginación, leyó la vida de los padres del desierto después de haber leído novelas, y sintió un doble entusiasmo. Se convirtió en caballero de la Virgen María, veló sus armas y quiso batirse por su dama. Tuvo visiones en las que se le apareció la Virgen y le recomendó su Hijo, diciéndole que su Sociedad debía de tomar por nombre el nombre de Jesús. Ignacio comunicó su entusiasmo a otro español llamado Javier; éste se dirigió a las Indias, sin comprender el idioma de aquellos países; desde allí pasó al Japón, sin saber hablar el japonés, y a pesar de esto su entusiasmo contagió la imaginación de algunos jesuitas jóvenes, que se dedicaron a estudiar la lengua del Japón. Dichos jesuitas, en cuanto murió Javier, sostuvieron que éste había realizado más milagros que los apóstoles y que había resucitado siete u ocho muertos cada mes. El entusiasmo de esos jesuitas fue tan epidémico, que consiguieron instituir en el Japón lo que llamaron una «cristiandad», cuya cristiandad terminó con una guerra civil, en la que murieron degollados cien mil hombres, porque el entusiasmo llegó entonces a su último grado de exaltación, esto es, al fanatismo, y el fanatismo se convirtió en rabia.

Es cosa muy extraña que se junten la razón y el entusiasmo. La razón consiste en verlo todo como es. El hombre embriagado ve los objetos dobles, porque está privado de la razón. El entusiasmo es como el vino: excita tal tumulto en los vasos sanguíneos y vibraciones tan violentas en los nervios, que destruyen la razón. Puede producir sólo ligeras sacudidas, cuyo efecto no pasa de dotar al cerebro de mayor actividad. Esto es lo que sucede al hombre cuando tiene los grandes movimientos de elocuencia en la poesía sublime. El entusiasmo razonable es patrimonio de los poetas. El entusiasmo razonable es la perfección de su arte, y es lo que hizo creer en la antigüedad que inspiraban los dioses a los poetas. Esto no se ha dicho nunca de los demás artistas.

¿Cómo puede la razón dirigir el entusiasmo? El poeta empieza por dibujar el cuadro que piensa describir, y la razón dirige su lápiz. Pero quiere animar sus personajes dotándolos de los caracteres de las pasiones, y para eso la imaginación se calienta y el entusiasmo obra; éste es un corcel que le arrastra en su carrera, pero la carrera que sigue la tiene trazada de antemano el poeta.

El entusiasmo se admite en todos los géneros de la poesía en los que toma parte el sentimiento. Algunas veces hasta se permite en la égloga, como lo usa Virgilio en su égloga X. Las odas son unos verdaderos cantos, en los que domina el entusiasmo. El estilo de las epístolas y el de las sátiras rechaza el entusiasmo; pero eso no se encuentra en las obras de Boileau ni de Pope.

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La palabra entusiasmo proviene del Griego y significa tener un Dios dentro de sí.

La persona entusiasta o entusiasmada era aquella que era tomada por uno de los dioses, guiada por su fuerza y sabiduría, y por ese motivo podría transformar la naturaleza que lo rodea y hacer que ocurrieran cosas.
Sólo las personas entusiastas eran capaces de vencer los desafíos de lo cotidiano.
Era necesario por lo tanto entusiasmarse para resolver los problemas que se presentaban y pasar a una nueva situación.

El entusiasmo no es una cualidad que se construye o que se desarrolla.
Es un estado de fe, de afirmación de sí mismo.
La persona entusiasta es aquella que cree en su capacidad de transformar las cosas, cree en si misma, cree en los demás, cree en la fuerza que tiene para transformar el mundo y su propia realidad. Está impulsada a actuar en el mundo, a transformarlo, movida por la fuerza y la certeza en sus acciones.

El entusiasmo es lo que da una nueva visión de la vida.
Entusiasmo es distinto del optimismo. Mucha gente confunde el optimismo con el entusiasmo. Optimismo significa creer que algo favorable va a ocurrir, inclusive anhelar que ello ocurra, es ver el lado positivo de las cosas, es una postura amable ante los hechos que ocurren.

En cambio el entusiasmo es acción y transformación, es la reconciliación entre uno mismo y los hechos, las cosas. Solo hay una manera de ser entusiasta, actuando entusiastamente.
Si tuviéramos que esperar tener las condiciones ideales primero para luego entusiasmarnos, jamás nos entusiasmaríamos por algo, pues siempre tendríamos razones para no entusiasmarnos.

No son 'las cosas que van bien' lo que trae entusiasmo, es el entusiasmo que nos hace hacer bien las cosas.
Hay personas que se quedan esperando que las condiciones mejoren, que llegue el éxito, que mejore su trabajo, que mejore su relación de pareja o de familia para luego entusiasmarse... la verdad es que jamás se entusiasmarán por algo.

Si creemos que es imposible entusiasmarnos por las condiciones actuales en las que nos tocó vivir, lo más probable será que jamás saldremos de esa situación.

Es necesario creer en uno mismo, en la capacidad de hacer, de transformarse y transformar la realidad que nos rodea.
Dejar de un lado toda la negatividad, dejar de un lado todo el escepticismo, dejar de ser incrédulo y ser entusiasta con la vida, con quienes nos rodean y con uno mismo.

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Entusiasmo

No dejes apagar el entusiasmo, virtud tan valiosa como necesaria; trabaja, aspira, tiende siempre hacia la altura.

Rubén Darío (1867-1916) Poeta y periodista nicaragüense.

Actuamos como si el lujo y la comodidad fueran lo más importante en la vida, cuando lo único que necesitamos para ser realmente felices es algo por lo cual entusiasmarnos.

Charles Kingsley (1819-1875) Novelista y clérigo inglés.

Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma.

Albert Schweitzer (1875-1965) Filósofo, médico y escritor alemán.

La capacidad de entusiasmo es signo de salud espiritual.

Gregorio Marañon (1887-1960) Médico y escritor español.

Es preciso elevarse con las alas del entusiasmo. Si se razona, no se volará jamás.

Anatole France (1844-1924) Escritor francés.

El entusiasmo es el pan diario de la juventud. El escepticismo, el vino diario de la vejez.

Pearl S. Buck (1892-1973) Novelista estadounidense.

Nadie puede en su vida escapar a una deplorable crisis de entusiasmo.

Stendhal (1783-1842) Escritor francés.

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Teoría del Entusiasmo

El entusiasmo es fuerza proyectada, libre, que corre como el agua de un río. La persona entusiasmada es ella misma un cauce. O el río es la vida y la persona entusiasmada un bote, una lancha o una balsa, que avanza llevada según el estilo de su querer. Con el entusiasmo se navega, se viaja, se avanza, se logran las metamorfosis que realizan la existencia.

El entusiasmo es un desarrollo, un despliegue, una secuencia, una línea de acción. El entusiasmo es un estar colocado en un cierto nivel de circulación de la energía o de las ondas invisibles del sentido, que nos transforma y empuja.

El entusiasmo puede representarse con la sensación de estar adentro de las cosas.

Es un estar adentro de todo ocasionado por el mero hecho de estar involucrado de manera especial con algo.

Es un algo que te da mucho, un mucho que se reproduce en los destinos en donde la atención propia puede ubicarse, como si las cosas que vemos estuvieran conectadas por el otro lado, por el lado de adentro, el que no se ve.

Entusiasmarse es dejarse ir, ejercer la libertad. Estar entusiasmado es la posición más saludable y plena, la felicidad en la Tierra. El entusiasmo es una acción en donde los movimientos se enhebran con gracia, en donde uno se siente arrastrado por una fuerza no intencional, pero a la que reconoce como particularmente propia.

Uno es en el entusiasmo, logra identidad a través suyo. El entusiasmo no es más que el ser surgente, el ser géiser que emana del verdadero sí mismo que buscamos en nosotros, del intenso, del animoso, ese intermitente y escurridizo.

El verdadero es el personaje principal de la novela personal que llevamos dentro. El verdadero aparece con el entusiasmo para desaparecer enseguida, borrado de la conciencia por las mil cosas más interesantes y concretas que el entusiasmo trae. El verdadero existe si uno logra olvidarse de sí y meramente ser, y se traba y molesta cuando lo perseguimos mucho.

Uno no puede entusiasmarse con cualquier cosa. Ese no puedo esperar, ese querer más, ese estar metido en algo no puede darse sino alrededor de determinados temas o experiencias. Cada uno tiene ámbitos en los cuales el entusiasmo es posible y ámbitos en los que jamás podría producirse; uno no elige de qué gustar.

La tarea es más bien captarse, ser capaz de detectar y meterse en esas zonas del mundo donde nos vemos llevados a participar. Nuestros distintos intereses son las puertas por las que podemos entrar en distintos mundos, semillas del entusiasmo que crecen hasta ser plantas enteras si abonamos y regamos su despliegue problemático.

Porque el entusiasmo tiene sus problemas, no por ser una sensación feliz deja de arrastrar su complejo lastre, que no es otro que el nuestro.

¿Por qué es difícil entusiasmarse? Porque hay que pasar en limpio al ser, volcarlo en el mundo. El escudo crítico se desvanece, debe ser suplantado por una operatoria de las ganas. Eso es lo que lo hace también tan criticable, al entusiasmo. ¿Te volviste loco? ¿Estás copado con esa idiotez? Digámoslo rápido para que no se escape: una sociedad funciona mejor cuando la gente se copa con idioteces y no cuando estamos todos asustados mirando el centro que se hunde. No debería haber llegado a tener un centro tan importante, no tendríamos que habernos desecho de nuestros poderes personales para entregarlo todo a los oficiantes.

El canchero es el enemigo del entusiasmo. El entusiasmo es candidez, disfrute de lo mínimo. Cualquier mirada torva puede describirlo como un énfasis superfluo.

El canchero está de vuelta, conoce hasta lo que no conoce, explica las cosas reduciendo rápidamente las rarezas del mundo a una serie de simplezas acostumbradas.

El canchero sobra, el entusiasta está en un estado de apertura que admite y se sirve de la vulnerabilidad que no necesita eludir. El entusiasmo no es un estado de extremo cuidado, de extremo rigor, es una participación que se deja vivir.

En vez de una moral del sacrificio, una moral del entusiasmo, que entienda que aun para el trabajo es necesario entrar por la vía del darse gusto y no del someterse o dejarse de lado. La moral del entusiasmo exigiría que uno se lleve siempre consigo, que no pueda fácilmente despojarse de las características y los gustos personales para volverse formal. Llevarse a todas partes, estar de entre casa, ponerse cómodo.

La otra contrafigura del entusiasmo es el depresivo, el desapasionado, el indiferente. ¿Existirá alguien al que no le interese nada? Sí, los hay, gomas desinfladas. La posibilidad del entusiasmo se origina en la existencia de una energía amorosa inicial con la que hemos o no hemos sido cargados. Sin embargo, muchos desinflados tienen que mantener su indiferencia haciendo fuerza. No están desprovistos de fuerza de base, tal vez no tienen la suficiente para aceptarse, y gastan la que poseen en contener el interés que podrían expresar. El interés lanzado al mundo hace que uno corra muchos peligros: que sea visible, tal vez mirado con sorna, o envidiado, o querido –otro riesgo–, o incluso puede pasar que uno llegue a proponerse cosas que no logre y quede en evidencia.

El fracaso es un más acá del entusiasmo, porque el entusiasmado obtiene su paga en el proceso y no sólo en el resultado. Eso es el entusiasmo, precisamente, una complacencia en los caminos que transita una determinada actividad. El fracaso es una figura del desinflado, con la que expresa el temor de entregarse a su entusiasmo contenido o posible. El verdadero fracaso es no superar el temor. ¿Fracasar es que otro/a te diga que no, que algo salga mal? No, fracasar es no haberlo intentado, no haberse animado a tratar.

El entusiasmo es un intento que ya salió bien. Un entusiasmo es una vida: nace, crece, se reproduce y muere. Malditos seamos todos los que alguna vez hemos creído que un entusiasmo no era verdadero por el hecho de haberse agotado. No es cierto que el entusiasmo sea constante y permanente, es más bien cambiante y oscilatorio. Es cierto que la inconstancia puede nacer en las normales incapacidades del sujeto de entregarse al correr de sus emociones, del susto o de los peligros, reales o inventados. Pero también es cierto que el entusiasmo bien vivido tiene sus límites y sus finales. El asunto está en saber distinguirlos, sintiéndolos y pensándolos.

El entusiasmo es un amor por las cosas, un afecto por ciertos ámbitos, personas, actividades. Un amor que realiza nuestras posibilidades, que nos acerca a seres cuya existencia, por pertenecer precisamente a ese campo de vida compartido, tiene sentido para nosotros. El entusiasmo es el camino subjetivo para acceder al sentido, el punto nieve del querer, la ebullición que nos cocina y realiza.
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