El rey Jack

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El rey Jack

Mensaje por elmoren0 el Vie Ene 28, 2011 2:57 pm

- El rey Jack

El rey Jack tenía planeado conquistar unas tierras recónditas y alejadas, que se encontraban al sur, rodeadas por un grupo de montañas y con un extenso valle fértil en su centro. Se decía que las gentes que lo habitaban eran unos bárbaros sin ninguna tecnología ni ningún conocimiento de las artes de la guerra. Cuando llegó el ejército, portaban el estandarte del águila y tenían las espadas desenvainadas. Buscaban grandes batallas de sangre y gloria, pero no pudieron ser. A su llegada, los ciudadanos salieron de las casas y, sin exceso de pompa o esplendor, le hicieron una reverencia.
El rey Jack probó la misma suerte en todas las ciudades de aquellas tierras. La gente se rendía antes de empezar batalla. Quiso comprobarlo preguntando a un grupo de pescadores quién mandaba en el lugar, pero de poco servía. “Usted, Su Majestad”, le respondían. Consciente ya de sus poderes, decidió establecerse en un campamento en el centro del valle y empezar a cobrar sus tributos. No le fue difícil. De todas las ciudades llegaban viandas y baratijas. Tantas, que en un solo mes ya se le quedó pequeño el campamento. Entonces Jack decidió que una tienda de campaña no satisfacía su real idiosincracia, por lo que ordenó que se le construyese un castillo con ayuda de los nativos. Encontraron a unos cuantos capataces y arquitectos y únicamente le preguntaron cómo de grande lo quería. En realidad al rey Jack no le importaba cómo de grande, siempre que fuese más grande que todo lo demás que hubiese en el valle.
Los albañiles preguntaron al rey si pensaba pagar por el trabajo. El rey dijo que habría pena de muerte para los gandules y que su ejército vigilaría el transcurso de la obra. El primer día mataron a quince personas, que no parecieron servirle de escarmiento a nadie. Entonces los guardias decidieron no matar a nadie más, pues si acataban las órdenes de su rey corrían el peligro de dejar al país sin albañiles. Sin embargo, los constructores seguían contando chanzas e historias y tomándose el trabajo sin demasiada prisa. Para intentar solucionarlo, decidieron probar con un poco de tortura, aunque el éxito fue despreciable. Los torturados se recomponían lo mejor posible, sonreían y pedían disculpas al agresor, sin rencores, para luego volver al trabajo y hacer menos de lo que hacían antes.
Durante ese tiempo, Jack subió impuestos, abolió la religión e hizo derribar algunos puentes para dificultar la movilidad de sus paisanos. Aunque al principio no había caído en la cuenta, conforme las obras del castillo iban avanzando e iba teniendo acceso a los lugares más elevados, no podía dejar de destacar el que aquellas gentes eran muy felices, pese a vestir con harapos en invierno y estar faltos de comida.
En menos de un año, hubo un castillo en el que el rey Jack pudo alojarse. En su trono, que tampoco era el mejor trono que estas tierras hubiesen visto, el rey se sintió poderoso, pero de alguna forma le faltaba algo. Él robaba, se rodeaba de lujos y asesinaba aldeanos, pero nadie se quejaba: ni siquiera cuando reinstauró el derecho de pernada. Siempre que su comitiva se cruzaba con algún nativo, éste le miraba a los ojos y le sonreía. Aquello le volvía loco. Decidió prohibir por decreto real que ninguna persona le mirase a los ojos y la gente obedecía, pero seguían teniendo en las comisuras de los labios esa sonrisita de estar participando en algún juego estúpido.
Intentando buscarle alguna explicación, el rey Jack decidió que estaba siendo objeto de una conspiración a gran escala, y ordenó buscar a los culpables. Los guardias derribaron una puerta tras la que se jugaba al mus y condenaron a los que había dentro por conspirar contra la corona. Nadie dijo nada y parecieron bastante satisfechos con la decisión: tanto que ellos mismos, los cuatro, fueron por su propio pie hacia la horca y, con ella en el gaznate, se despidieron de sus familias, que agitaban la mano ilusionadas como si hubiesen recibido un premio. Luego se ahorcaron ellos mismos al grito del capitán de la guardia.
Sus cuerpos colgaron y apenas se convulsionaron, porque se estaban dejando matar, y cuando quedó del todo inerte el último de ellos se giraron todas las cabezas de la plaza de repente, y le mostraron sus dientes felices al rey Jack. Aquel fue el final de su cordura. Le arrancó la espada a su capitán y fue caminando por la plaza, clavándosela en el pecho a gente al azar y observándoles a los ojos. No les importaba morir, ni sufrir, ni ver morir ni sufrir a otros; podía sentir que la felicidad seguía en sus pupilas. Le sonreían sin parar y era a él, sólo a él. Preguntaba: “¿¡POR QUÉ SONREÍS!?”; y decían que eran felices.
Cuando llegó al final de la plaza, y tenía al último campesino agarrado por el gaznate, se compadeció por un instante y le arrojó al suelo. Se giró hacia la guardia y les ordenó: “A este hombre quemadle su carreta”. El campesino, desde el suelo, hizo unos ruidos nasales contenidos, y cuando todos se giraron para mirarle, el campesino no pudo más, y explotó en una carcajada intensa e incontenible, que se contagió a toda la plaza, a todo el valle, a todo el reino, y que iba acompañada de un dedo índice que señalaba inamovible al rey.
Jack, aterrado entre una multitud que se reía de él, se preguntaba qué había sucedido en aquel momento para desencadenar una reacción tan siniestra.
- ¡No tengo carreta! –gritó el aldeano.
Jack estaba pálido.
- ¡Quítenme la carreta! ¡No tengo carreta! ¡Permitan al rey Jack que haga el honor!
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Re: El rey Jack

Mensaje por icaro100 el Vie Ene 28, 2011 3:40 pm

Renunciar a todo para que no puedan quitarte nada...pero hay cosas como el honor sin las que nadie puede ser feliz, es como pedir a alguien que respire sin aire.
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