Pastel de Guisantes

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Pastel de Guisantes

Mensaje por elmoreno el Jue Ene 14, 2010 11:47 am

- Pastel de Guisantes

Su cara resplandecía dorada sobre la luz de la vela que adornaba la mesa. Tenía los ojos de un verde profundo y brillante, que me recordaba los inmensos mares de hierba entre los que disfruté de la infancia. Sólo el contemplar su cara me ponía nostálgico, me embriagaba aún más que la espesa cerveza que me habían servido. Era como tener al alcance de la mano una joya, una esmeralda viviente del tamaño de la luna, realizando movimientos rápidos y certeros mientras apuntaba números en una pequeña libreta.

Puede que con aquellos ojos, cualquier palabra con la que hubiésemos empezado nuestra pequeña conversación me habría parecido igual de sorprendente, pero no fue cualquier palabra.

- ¿Crees en la magia? -me dijo en cuanto me acerqué, sin esperar a que me presentase.
- No mucho -respondí-. Cuando era joven investigué un poco sobre el tema. Llegué a revisar los escritos de Krumm-Heller, que popularizó el nombre de la mandrágora, o los diarios de John Dee, que fue el mago de la reina Isabel I; pero nunca conseguí que nada funcionase. Las leyes del mundo siguen su curso por muchos compuestos que mezcles o por muchas lenguas muertas que domines, y ahora confío más en la ciencia y la tecnología para conseguir lo que quiero. Supongo que la fantasía es algo que se pierde con los años.

Se quedó observándome un rato, y sin cambiar de expresión, me dijo:

- ¿He de asumir entonces que no crees en los unicornios?
- No creeré en ellos hasta que vea uno.

Metió la mano en el bolso y sacó una pequeña figura. Un unicornio blanco, de pelaje rubio, con el cuerno recto en la frente haciendo espirales como una caracola. Me reí, y tomé asiento a su lado.

- ¿Sabes? -le conté- Cuando Marco Polo viajó hacia oriente, en sus relatos dijo haber descubierto los unicornios. Caballos enormes con cuernos en la frente. La fantasía popular fue la que creó esa imagen que tienes entre las manos. Lo que había descubierto en realidad eran los rinocerontes.

Entonces se rió ella. Se llamaba Laura, y trabajaba de secretaria en una compañía de seguros. Decía que utilizaba la magia para asegurarse de que ninguno de los asegurados sufriese ningún accidente. Despedía un olor electrizante, como de incienso o de canela. Pasamos un buen rato hablando, hasta que su jefe la llamó por el móvil, pero antes de marcharse me ofreció cenar con ella al día siguiente.

Fue una semana trepidante. Quedábamos cada día, a cada hueco que encontraba. Ella me hablaba de la magia, de la astrología, de la quiromancia o el poder de las piedras. Me parecía entretenido y tierno a partes iguales, como cuando un niño te dice que tiene un monstruo debajo de la cama como excusa para dormir con sus padres. Yo le contaba anécdotas o misterios de la historia con los que solía entretener a los alumnos en la universidad.

Tras la tercera noche empezamos a acostarnos. Habíamos bebido mucho vino. Nevaba. Estábamos prácticamente tiritando. Ella tropezó con un escalón, y cuando fui a socorrerla me besó. No tengo ni idea de cómo ocurrió, y sólo recuerdo el tacto suave y tembloroso de aquellos labios congelados. Propuse ir a mi casa a calentarnos, y asintió con la cabeza.

Aquella fue una de las mejores noches de mi vida. Encendimos la chimenea para caldear el salón y nos tumbamos allí mismo, sobre la alfombra. Me gustaría relataros aquel encuentro, pero creo que algo importante se perdería si lo hiciese. Prefiero guardarme aquellos momentos para mí mismo, y llegar directamente a la noche del sábado. Gradualmente, Laura me fue proponiendo sucesivos añadidos a nuestro acto, para hacerlo más "excitante" desde su punto de vista.

Al principio me temía lo peor: juguetes, disfraces, dominación... Por suerte su afición era el bondage, atar a sus parejas y a sí misma con cuerdas o cadenas, lo cual me hizo suspirar aliviado, ya que no me pareció para tanto. Si confías en alguien para acostarte más de una vez, es normal confiar también para ponerse un par de esposas. Podría ser peor.

Aquella noche habíamos ido a su casa. Tenía un pequeño apartamento en el centro de la ciudad, aunque a mí me pareció más bien un zulo. El baño, la cocina, el salón y el dormitorio se ubicaban en la misma habitación. La cama estaba colocada bajo una gran ventana sin cortinas.

- No me gustan las cortinas -dijo-. Prefiero ver el cielo.
- Yo sólo veo edificios.
- Siguen siendo más interesantes que un trozo de tela.

Me desnudó y me arrojó a la cama con fuerza. Yo también le quité la ropa. Acabó todo desperdigado por el suelo, sin ningún orden concreto, y me besó hasta cortarme la respiración. Las cuerdas estaban debajo de la almohada, y agarró uno de los extremos con un ligero movimiento. "Hoy me toca a mí atarte", susurró. Se la notaba excitada, respiraba tan rápido que escuchaba los latidos de su corazón, y toda esa actividad me contagiaba y me nublaba la mente de tal modo, que la habría acompañado hasta las mismas puertas del averno para seguir disfrutando del sabor de su aliento.

Me ató las muñecas y las piernas muy juntas y muy fuerte. Tan fuerte que dolía. La cuerda me rodeaba todo el cuerpo, y era blanca y robusta, apretando mi carne como un abrazo artificial. Casi empezaba a comprender por qué le gustaba a ella todo esto de las cuerdas. Estaba deseando que empezase, pero no lo hizo. Se levantó y se puso una bata.

- ¿Qué haces? -pregunté.
- ¿Has oído hablar de Elizabeth Báthory?
- ¿Te refieres a aquella loca que quería rejuvenecer matando gente y bañándose en su sangre?
- No estaba loca -me dijo-, sino parcialmente equivocada. La sangre de por sí no tiene poder. La vida se encuentra en su esencia, y para extraerla hay que hacer una serie de operaciones. Tu sangre me servirá para alcanzar la vida eterna.
- No me lo puedo creer -exclamé.
- Da lo mismo que lo creas o no. La sangre ha de ser extraída mientras la persona está viva, pero igualmente trataré de hacerlo lo más indoloro posible.
- ¿Ha sido sólo por eso? ¿Toda esta semana ha sido sólo para matarme?
- El vínculo que hemos creado en este tiempo hará que tu sangre sea más potente. Así aumento las probabilidades de obtener el elixir.
- No te saldrás con la tuya.

Lo dije, pero no tenía ningún plan. Estaba fuertemente atado y apenas me podía mover, aunque por suerte no estaba fijado a la cama. Laura sacó un maletín de su armario, y al abrirlo comprendí lo que quería hacer. Eran los instrumentos que utilizaban los embalsamadores para extraer la sangre del cuerpo. Dos agujas, una en el pie y otra en el cuello, conectadas a dos largos tubos de plástico. Una de ellas alcanzaría el grifo del baño, y el agua recorrería mis venas reemplazando la sangre y haciéndola salir por la segunda aguja. Un chorro de vida robada e inútil que llenaría alguno de sus cubos para experimentos extraños.

El proceso podía tardar horas, sentiría frío, y todas mis células morirían lentamente asfixiadas al cambiarles el sustento por agua del grifo. Pensé gritar, pero supuse que no ayudaría mucho. Me tenía a su merced y podría haberlo impedido en cualquier momento, incluso dejarme insconsciente. Rodar hacia la puerta tampoco era una opción, pues me alcanzaría antes de recorrer media habitación. Sólo se me ocurrió una idea.

Mientras Laura se acercaba con la primera de las agujas, me apoyé sobre mis hombros e hice saltar mis piernas por encima de la cabeza, hacia la ventana. Se rompió con facilidad, montando un gran estruendo de cristales rotos. Me deslicé por ella hacia el vacío. No había forma de aferrarse a nada con las manos atadas de aquella forma. Mi única oportunidad habría sido un toldo, un montón de heno, o cualquier cosa menos dura que el pavimento.

No hubo suerte. Me llamo Joan Seira, soy profesor de universidad, historiador y antropólogo, viajero apasionado y enólogo aficionado, y aquél sábado tuvo lugar mi muerte por aplastamiento contra una acera después de caer de un sexto piso, desnudo y cubierto de cuerdas, por escapar de la tortura de una maniática pseudoreligiosa. La muerte nunca es como la esperas.

Huele a pastel de guisantes.
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